Entre las principales historias de vida que le toca escuchar hoy, destaca el dolor que produce la violencia familiar. “Lo más importante es lograr que los chicos superen la violencia que viven, y les quede como una cicatriz, como algo que no les tiene que volver a pasar”, afirma. Y es que detrás de esta médica, hay algo más que un título de la Universidad de Barceló: una verdadera entrega hacia el otro.

 

Hoy Bosch trabaja en el Hospital Sanguinetti y en el Centro Médico y Traumatológico del Pilar (CTR).

 

¿Cómo es el trabajo en el Hospital Sanguinetti?

En el hospital trabajamos con gente de clase media baja y cada vez tenemos más consultas. Hacemos muchísimo trabajo social porque nos integramos con los chicos, especialmente con los que están en riesgo. Al tener una población bastante importante y centros de salud que están desbordados, nosotros tratamos de recaptar al paciente para que vuelva a atenderse. Y ese es un problema bastante serio que tenemos en Pilar, porque es un paciente muy escurridizo.

 

¿De qué tipos de riesgos estamos hablando?

El riesgo social incluye desde madres menores de edad hasta adictos, casos de violencia familiar y niños que son criados por los abuelos. Son muchos los casos en los que las madres abandonan a sus nenes y tienen que ser criados por sus abuelos de 80, 90 años. Pero eso no es exclusivo de Pilar, está en todos lados. Acá tenemos muchísimo trabajo, y de hecho, la secretaría de Menores de Familia trabaja muy bien.

 

¿De qué manera?

Las chicas de las organizaciones se meten muchísimo en los barrios muy carenciados, donde la accesibilidad es muy difícil. La situación de esa gente es muy difícil, porque no se animan a denunciar. Denunciar un caso de violencia familiar es una situación muy compleja porque implica que la mujer o el chico golpeado o abusado tenga que abandonar la casa. Es muy triste. No se justifica, pero se tiene que entender por qué la situación es tan complicada.

 

¿Y esto cómo se soluciona?

Para que no haya padres golpeadores, no tiene que haber chicos violentados. Si un chico en la casa ve como el padre le pega a la madre porque la quiere, aprende que eso es lo correcto y tanto la nena como el nene van a entender eso con su pareja. Debemos lograr que esos chicos aprendan que la violencia familiar nunca tiene que volver a suceder. Y depende de uno, porque los chicos no tienen esa posibilidad. Si ve que su papá le pega a la mamá y le dice que la ama, entonces entiende que eso es una forma de amar. La única forma de hacer la diferencia es así: tratar de modificar la sociedad desde abajo.

Pero el trabajo de la doctora Bosch está lejos de terminar en un consultorio. En junio de 2010, un grupo de distintos profesionales viajó a una escuela en Machagai, a 80 kilómetros de Resistencia, Chaco y, seis meses después, a la ciudad de Apóstoles, Misiones. El grupo estaba conformado por estudiantes de medicina, odontología, choferes de la línea 291 y la misma Lorena Bosch.

 

¿Cómo fue la experiencia?

Fue interesantísima. Los chicos de allá no podían entender que un médico viniera a verlos. Ir a Chaco implicó enfrentarse a una problemática social muy grande. Son sociedades aisladas y para ellos es normal tratar a los menores como si fueran criados y hacerlos trabajar. Hay un chico que tuvo un accidente en el codo y como no fue tratado debidamente, perdió la movilidad del brazo. Y bueno, eso es algo que pasa. Nadie lo ve como un hecho grave.

 

Y los chicos tampoco…

Para nada. Van al médico una vez cada tanto, en una salita que queda a 80 kilómetros, solo cuando la maestra los organiza y lleva a vacunar. No sabían ni lo que era un dentista. Y a nosotros nos tenían como dioses, no podían creer que alguien que haya ido a la universidad, estuviera ahí visitándolos. Hay que entender que son chicos que les cuesta terminar el primario y que hacen su viaje de egresados a Buenos Aires porque los choferes de la línea de colectivos los traen a sus propias casas en séptimo grado.

 

¿Cómo viviste todo eso?

Los chicos son puro amor. Tienen otro tipo de agradecimiento. Te regalan desde un dibujito hasta algo que tienen para convidarte. Es otro tipo de sacrificio también. La maestra del colegio al que fuimos, por ejemplo, vive ahí de lunes a sábados. Usaba de su sueldo para darle de comer a los chicos.

 

¿Cuánto tiempo fueron?

Cinco días. Se trabajó mucho. Revisamos a todos los chicos, construimos baños, lustramos puertas, hicimos un pozo de agua. De todo. Allá el agua es oro en polvo. Para darse una idea… las mujeres parecen tener 20 años más de los que tienen.

 

¿Qué otras problemáticas vieron en Chaco y Misiones?

De Apóstoles, Misiones, aprendimos muchísimo. Ahí hay un señor que está encargado del transporte sanitario y sabe donde vive cada uno de los ciudadanos celíacos, diabéticos y a cada persona le organiza la entrega de medicamentos y el cronograma de consultas. Es una ciudad hermosísima que nos enseñó más a nosotros que a ellos. Pero las zonas más bajas son muy complicadas. Hay mucho entrecruzamientos de familias, que causan enfermedades genéticas, un gran porcentaje de celíacos, y muchos parásitos. Y en Machagai, desnutrición, enfermedades odontológicas y, también, mucha parasitosis.

 

Actualmente, son un grupo de estudiantes los que continúan ofreciendo su ayuda a Machagai. Para mediados de agosto, tienen planeado su segundo viaje a la ciudad. La primera vez realizaron varios trabajos, como la reparación de un comedor, obras de electricidad y reacondicionamiento de baños. Además, se repartieron alimentos, ropa, pañales, juguetes y útiles escolares. Con el segundo viaje, el objetivo no es solo la atención médica y odontológica, sino también llevar más donaciones y seguir mejorando la escuela.

 

Desde Pilar a Machagai hay casi exactamente 846 mil metros. Un total de nueve horas de viaje.

Si en lugar de medir distancias, midiéramos felicidad, es probable que Lorena Bosch necesite hacer varios viajes para medir la alegría que llevó a esos pueblos perdidos.

Lorena Bosch: Desde Pilar al norte argentino: una felicidad contagiosa

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