David Torres Astigueta: Lo que nadie cuenta de Haití

Quien escucha hablar de Haití, piensa automáticamente en pobreza, en terremoto, en desolación. Imaginar así a este país centroamericano no está muy lejos de la realidad. Hoy Haití ocupa los peores puestos en el ranking mundial del índice de desarrollo humano (IDH). La mayor esperanza de vida a la que pueden aspirar sus habitantes es a 63 años, casi diez menos que el resto del mundo. Su PBI actual es de 8.713 millones de dólares, aproximadamente un sexto del PBI argentino.

 

David Torres Astigueta, hasta hace dos meses médico traumatólogo en un regimiento en Campo de Mayo, conoció a este país olvidado durante seis meses, mucho más allá de las estadísticas. Como miembro del Ejército Argentino, se sumó a Minutsah, una misión de las Naciones Unidas para la estabilización de Haití. Vivió allá durante seis meses, desde junio de 2013 a enero de 2014.

 

Actualmente trabaja en CTR del Pilar, la Clínica Fátima y hace medicina laboral en la planta de Toyota en Zárate.

 

¿Cómo llegaste a ir a Haití siendo médico militar?

La Argentina estaba en una comisión que depende de la ONU. Cuando hay distintos conflictos en el mundo, los países participantes pueden colaborar con tropas, medicamentos, profesionales. Cada seis meses salía de nuestro país una comisión a Haití. Yo fui la antepenúltima comisión que salió, en el 2013. En ese momento yo era el médico del regimiento, no podía decir que no. Igual es voluntario, nadie te obliga a ir.

 

Significaba una gran responsabilidad.

Yo toda la vida quise ser médico militar. Era lo más cercano a un posible conflicto armado que tenía. Pero cuando surgió la oportunidad, me dije: ¿justo ahora me voy a ir? Ese año, el menor de mis hijos tenía un problema de salud, y entonces tenía la excusa ideal para no ir. Me acuerdo de un diálogo con mi mamá en enero de 2013, que le dije que para uno u otro lado, iba a pasarla mal: si me voy, dejo a mi familia en un momento difícil, y si me quedo, me voy a arrepentir toda mi vida. Pero me fui. No la pasé bien yo, no la pasó bien mi familia, pero no me arrepiento. Me quedé tranquilo con mi conciencia. Creo que me hubiese arrepentido toda la vida de no haber ido.

 

Y enseguida recuerda los días antes de salir. Recuerda la formación de los militares que se iban de un lado, y los que se quedaban del otro. Hasta ese momento, él estaba en el lado de los que se quedaban. Se sumó quince días antes de que saliera el avión. Y mientras corría para llegar a tiempo con los estudios, le dio mal el psicológico. “Estoy ante un tipo que está partido al medio”, le dijo la psicóloga. “Qué partido al medio, yo me tengo que ir. ¿O vas a ir vos?”, respondió Torres Astigueta. Y no le quedó otra que autorizarlo.

 

¿Cuántas personas fueron?

Éramos alrededor de 400. Había gente de la armada, de aviación y todos los agregados (servicios, médicos, odontólogos, veterinario). Se intentaba tener todos los flancos lo más cubiertos posibles. Y yo al ser el más viejo de los médicos, fui como jefe. Con lo cual, más responsabilidad todavía. Cualquier problema que había, me llamaban a mí, ni siquiera que pude pasar desapercibido. Y el otro médico que fue era un cardiólogo.

 

¿Cómo viste Haití?  

No hay nada. Las calles son de tierra, tipo ripio. Es una gran villa miseria. Nuestra Villa 31 allá es lujo. El resto de las casas son de lona,  de hojas. Es un estado casi selvático. No hay agua. Los colegios son una lona con un palo que las sostiene y alguien que va a enseñar algo. Horrible. Yo no me imaginé que sería así. Como colectivos, usan los típicos micros americanos de colegio amarillo, que no sé por qué se los mandaron a ellos. Andan en esos colectivos, hechos pedazos, tapados de gente. Y van rapidísimo. No sé si es porque no tienen freno, pero ellos solo tocan bocina. Tocan bocina y correte. Los accidentes son terribles, terminan todos muertos. No hay instituciones. No hay justicia. No hay poder legislativo. La estabilidad se la da Naciones Unidas. El día que se vayan, yo creo que vuelve a explotar.

 

Y lo más doloroso de esto, es que en algún momento Haití invadió República Dominicana. Cruzaron la cordillera con un ejército y tomaron Santo Domingo. Es decir, en algún momento fueron un país. Ahora, es una gran masa de gente que lo único que hace es sobrevivir como puede. Y por eso con esos desastres naturales, no queda nadie. Viven al día, al límite. Cualquier cosa que les pasa, colapsan, porque no tienen ninguna asistencia de ningún tipo. No hay nada, nunca hay nada. Eso es Haití.

 

¿Cómo era la rutina allá?

Muy monótona. Estábamos en la ciudad de Gonaïves, a 135 kilómetros de Puerto Príncipe. Ahí teníamos la base sobre la ladera de un cerro, junto a una compañía de ingenieros de Indonesia y la armada uruguaya, que con lanchas hacían controles de las canoas que andaban. Hubo intercambio con ellos, algunos paseos, cosas realmente muy lindas. Pero eran puntuales. Los seis meses no se pasaban nunca. Cuando fui, pensé que iba a atender a una parte de la población civil. Pero nuestro objetivo era atender al personal militar de Naciones Unidas dentro de la base, y dar algún tipo de apoyo a la población civil. Pero eran cosas muy puntuales, programadas y con un objetivo más de acercamiento. No podíamos asistir a nadie porque no teníamos los medios, ni dónde derivarlos. Una gran decepción. Al principio te ilusionas. Vas a algún orfanato con la esperanza de que si encontras alguna patología, la derivas a tiempo. Pero ahí te empezas a llenar de preguntas. Si no hay hospitales… Ni siquiera teníamos suficiente medicación. Y siempre estaba la promesa de que nos iba a llegar un refuerzo…

 

¿Eso en teoría venía de Argentina?

Naciones Unidas te da dos opciones. O te paga por cada persona que llevas a Haití, por cada prenda que se necesita, por los medicamentos, o directamente ellos te traen las cosas. La logística la maneja el Estado o la maneja la ONU. ¿Argentina qué hizo? Cobró por todo eso, pero no lo puso. Cobró en dólares y no mandó nada. Naciones Unidas puso la plata, pero los medicamentos no llegaron nunca. Antes de que saliéramos, Naciones Unidas ya depositó en el país todo lo que sale tener a un militar allá. La cuestión es que la mitad del sueldo no las dieron en dólares y la otra mitad en cuotas pesificadas al momento en que nos fuimos. Yo volví endeudado de allá, desde el punto de vista económico no me benefició en nada.

Y familiares también, y con justa razón. Cuando mis hijas ven que me voy de guardia, me preguntan: ¿qué te vas de vuelta a Haití? Quedó el miedo. Cuando volví, mi hijo ni sabía quién era. Empezar a conocerse de nuevo con tu hijo es re feo. Y cuando me vine por un receso de tres semanas a la Argentina, a los dos meses de habernos ido, me dije: yo no vuelvo más. No vuelvo, no vuelvo, no vuelvo. Y volví. No sé por qué. A mí me llamó la atención que ninguno desertara. Volvieron todos. Qué es lo que te lleva a volver, no lo sé. Son cosas que está buenísimo haberlas vivido por haber vivido algo fuera de lo común. Pero no lo volvería a hacer.

 

¿Y el grupo humano?

Es un momento que saca lo mejor y lo peor de cada uno porque te lleva al límite. Y el grupo que me tocó fue genial. Y eso en importantísimo, porque si no es imposible sobreponerte a esos momentos. Si no tenés esa contención, no se puede. A mí me costó más todavía, porque yo no podía quebrar, tenía que ser el sostén de los otros. Es una convivencia todos los días. Es de lunes a lunes. Pero sí, el grupo humano fue único. Seguimos en contacto, aunque estamos desparramados por toda la Argentina. Es otra cosa muy rara. Yo creo que si tuviese que ir a otro lado, la única condición que pondría es que me iría pero con este grupo. Funcionó perfecto. Eran hombres formadísimos. Me llamó la atención. Esos profesionales podrían estar en cualquier empresa ganando fortunas, y estaban ahí. Todavía queda gente de primera, que resigna fortunas para estar en esos lugares.

 

¿Qué fue lo más difícil de vivir en la base?

El encierro te afectaba psicológicamente. Durante todo ese tiempo, viví la sensación de encierro. Porque era un muro, no un cerco que te permitía ver hacia afuera, salir y volver a entrar. Todos los días es lo mismo, no hay nada para hacer. Esperabas que alguno saliera y necesitara apoyo o que alguno se enfermara para hacer las cuatro horas de viaje a la capital. Y eso también era todo una odisea, porque tenías que salir con casco, chaleco antibalas y armado. Hacía un calor… y es increíble pero te acostumbras. Yo volví y nunca más volví a tener calor, y yo lo sufría muchísimo. Es raro, es raro.

 

¿Por qué salir armados?

Porque allá los conflictos se arman en cuestión de segundos. Al ser zona de cordillera, hay piedras por todos lados. Cualquiera te tira un piedrazo y te mata. Al principio me costaba salir así, pero después te acostumbras. Es más, uno de los primeros días que llegamos, se armó un revuelo en un puente de una ciudad cercana, L’Estere. Los haitianos empezaron a tirar piedras, y los militares que ya estaban en la base cuando llegamos reprimían con balas de goma. Se fue poniendo todo más violento y yo escuchaba todo por radio. Acabábamos de llegar. Cuando empecé a averiguar qué estaba pasando, ya estaban tomando lista de los voluntarios para ir en auxilio de los otros. “¿Doc?”, me preguntaron, “Sí, ¿para qué vine?”. Empezamos a vestirnos en silencio, como en las películas. Todos concentrados y convencidos de lo que estábamos haciendo. En la reserva quedábamos el veterinario, el enfermero y yo, porque no había más nadie. Pero nosotros no salimos nunca.

 

¡Qué adrenalina habrá sentido!

Era rarísimo, porque no sabía a qué nos estábamos enfrentando. Pero escuchabas por radio y tenías la sensación de que nos iban a matar a todos. Pero yo estaba disfrutando ese momento. Estaba pensando en todas las posibles consecuencias y estaba contento de poder ir. No me lo explico todavía. No sé qué era. Y ahí sentí: “Yo vine a esto”. A partir de ahí, no pasó nunca más nada.

 

¿Qué te impactó más como médico?

Una  visita a un orfanato que dependía de una de las congregaciones de la Madre Teresa de Calculta. Fue terrible. Era una casa enorme donde adelante había hombres y mujeres y al fondo los chicos. Empezamos a medirlos y a pesarlos. Todos desnutridos. Y teníamos que seguir, no podíamos hacer nada más que eso. No se podía hacer nada. Las enfermeras lloraban mientras abrazaban a los nenes. Y yo tenía que mantenerme firme y ordenar que siguiéramos. Teníamos que poner la mejor cara de “acá no pasa nada”. En un momento se me acercó un pediatra diciéndome que teníamos que trasladar a dos chicos. ¿A dónde los íbamos a trasladar si no hay hospitales con pediatras? Ese día fue durísimo. Las caras de los soldados cuando volvimos… estaban destruidos.

 

Por el dolor de no poder hacer nada…

Nosotros éramos otro segmento de Naciones Unidas. Yo creí que iba a asistencia, pero fui a la parte militar. Dentro de las dos misiones de paz de Naciones Unidas hay dos ramas: imponer la paz y mantenimiento de la paz. Eso es el brazo armado. Yo era de esos. Yo fui el del error, el que creyó que iba con otro objetivo. Yo quería ir a hacer medicina y salvar a lo que pudiera salvar. La gente veía las fotos y creían que estábamos salvando al mundo, pero en nuestro fuero interno sabíamos que no estábamos haciendo nada. A mí me lo refutaron diciendo que le llevábamos tranquilidad a la gente. Al menos les llevas la esperanza de que se pueden curar, o los dejas felices porque les prestaste atención. Pero no me sentí satisfecho con eso. No poder hacer nada era frustrante. Los médicos estamos acostumbrados a la enfermedad, pero allá veías cosas que eran realmente feas y que no tenían posibilidad de solución. Y todo eso en un clima de calor insoportable, olor horrible, pobreza extrema. Eso fue Haití.